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| Trinidad Jimenez |
| Reforzar la Cohesión Social a Través de lLa
Integración Regional |
Las perspectivas de crecimiento, desarrollo y liderazgo en el escenario internacional
de América Latina, han cambiado considerablemente en los últimos
años.
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Hace apenas cinco años, hablábamos
del intenso momento de cambio político y social que América Latina
estaba atravesando. Hoy, hablamos de una región que, tras años de
crecimiento económico continuado, ha logrado no sólo una mejora
notoria en los indicadores económicos, sino también en indicadores
sociales -como el desempleo y la pobreza-, además de concluir con éxito
un intenso ciclo electoral. Y ello, a pesar de estar inmersos en una crisis financiera
y económica sin precedentes, global, que está afectando a todo el
planeta sin excepción, aunque en menor medida a América Latina.
Algunos datos resultan reveladores: el PIB latinoamericano -después de
caer el 1,9% en 2009- crecerá el 5,2% este año, según coinciden
distintas estimaciones. Pero no sólo crece la economía latinoamericana
sino también los puestos de trabajo, a diferencia de lo que sucedió
en los años noventa.
América Latina se siente hoy más segura de sí misma. Tiene
la capacidad y la voluntad de abordar sus propios retos y quiere hacerlo, además,
de manera coordinada. La última encuesta del Latinobarómetro demuestra
el mayor optimismo que, en general, perciben los propios ciudadanos. América
Latina ha ganado en soberanía, lo que es un síntoma de madurez democrática,
y le corresponde, por tanto, gestionar su complejidad.
No obstante, y como plantea el Informe Regional sobre Desarrollo Humano del
PNUD que hoy se presenta, América Latina sigue siendo la región
más desigual en el mundo, a pesar de que la desigualdad social se ha reducido
en un 1,1% anual entre 2000 y 2007. Es cierto que la combinación de crecimiento
económico, estabilidad financiera, responsabilidad fiscal y políticas
sociales ha permitido que 37 millones de latinoamericanos hayan salido de la pobreza
en esta última década. Pero también es cierto que una región
como la iberoamericana tendrá muy difícil lograr la plena estabilidad
política si en ella viven más de 200 millones de pobres. La aspiración
de todos los gobiernos debería ser lograr un crecimiento con cohesión
social para garantizar la inclusión. En este sentido, estoy convencida
de que la integración regional es el mejor camino para alcanzar esa aspiración
común y compartida también por los ciudadanos.
La integración regional no sólo tiene un efecto multiplicador
sobre el crecimiento económico y favorece una respuesta más eficaz
a los retos del desarrollo social, sino que la unión también permite
hacer frente a una serie de fenómenos de alcance transnacional como el
narcotráfico, el terrorismo o el crimen organizado. Eso supone, por un
lado, reconocer las diferencias y tratar de hallar fórmulas estables de
relación y colaboración y, por otro, buscar la manera de que la
región se inserte en el escenario de la globalización y haga sentir
su peso en el ámbito internacional.
La diversidad de los procesos de integración puestos en marcha, o el
hecho de no haber adoptado aún un modelo de integración de referencia,
no puede hacernos olvidar que la vitalidad de estas iniciativas afianza cada vez
más la idea de que la integración y la cooperación regional
son la mejor respuesta del continente al difícil desafío de mejorar
los niveles de vida de sus sociedades, en un marco internacional de creciente
globalización, fuerte competencia y decrecientes recursos.
Para España -que tiene muy presente su propia experiencia comunitaria-
la integración regional es una vía esencial. No sólo porque
a través de los procesos de integración se puede apoyar la consolidación
de las instituciones democráticas, reforzar la cohesión social y
promover el desarrollo y el bienestar de los latinoamericanos, sino porque es
la mejor manera de consolidar la incorporación de la región a la
globalización.
El mayor protagonismo en la escena internacional de América Latina -reflejo
de su creciente peso político, demográfico, económico y cultural
en el mundo- también ha renovado el interés de otras potencias por
fortalecer la relación con los países de la región. El positivo
desarrollo de la región, en los últimos años, le ha permitido
situarse en una posición inmejorable para participar en la configuración
del nuevo orden internacional, más plural, basado en el diálogo
y en la concertación, y en el que multilateralismo vuelve a demostrar su
vigencia y utilidad a para frente a los retos globales.
Ello es posible, sobre todo, entre América Latina, la Unión Europea
y Estados Unidos. Porque se dan las condiciones necesarias y porque existen las
bases suficientes para avanzar -nos unen unos mismos principios y valores, compartimos
identidades culturales y tenemos intereses coincidentes. Todos buscamos construir
sociedades más justas, libres, integradas y democráticas.
América Latina tiene la voluntad de ejercer ese nuevo protagonismo internacional
que todos le reconocen, una voz propia capaz de defender sus propios intereses
económicos y políticos, un nuevo liderazgo en un mundo que aspiramos
a que sea multipolar y en el que el multilateralismo sea la regla de actuación.
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