 |
| Santiago Roncagliolo |
| La desigualdad es la igualdad de los pobres. Ser desiguales
es tal vez su única igualdad |
Es indispensable anotar que, por lo general, me incomodan los escritores que
opinan demasiado. Prefiero a los que escuchan y analizan, sin pretender darse
demasiada importancia. Tendemos a creer que las palabras tienen un solo significado,
pero no es así. Democracia no significaba lo mismo a ambos lados del muro
de Berlín. Libertad no tiene el mismo sentido para un funcionario norteamericano
y para un suicida afgano. Igualdad no dice lo mismo en una junta directiva de
la compañía financiera más grande del Japón, que en
una favela de Río de Janeiro. Y sin embargo, desde un punto de vista filosófico,
es a partir de ese significado diferente como el ser humano se puede expresar
en la profunda razón de ser de su diversidad. Porque de algo estoy absolutamente
seguro: la igualdad no es la uniformidad. Michael Ende lo expresó bien
en su mundo de hombres vestidos de gris. Brave New World, de Huxley, (el mundo
feliz, en la feliz traducción al castellano), es el retrato más
minucioso que se haya hecho jamás de la infelicidad.
|
|
Ahora bien, una cosa es la igualdad de los
comportamientos, las respuestas, la creación y las expectativas, y otra
muy distinta la igualdad económica. Si en la búsqueda de esta igualdad
los sistemas políticos refunden la primera, terminarán por caer
en un nudo ciego difícil de desatar. Algo así ha pasado con los
regímenes “igualitarios” que han querido imponerse en los últimos
cien años a lo largo y ancho del mundo. Por eso pienso que la única
razón de ser de la política en lo que se refiere a la igualdad está
en la necesidad de limar las asperezas de un camino por donde pueda avanzar la
libertad. El desbarajuste que generan los lemas tomados como la patente de corso
de unos pocos contra la mayoría, necesita regresar a la búsqueda
del bien común. Dentro del concepto filosófico, el lema de la Revolución
Francesa tendría que haber consagrado la libertad, desigualdad, fraternidad,
que todos necesitamos como un camino colectivo hacia la felicidad. Pero dentro
del universo económico, tendríamos que darle a la igualdad una nueva
estatura. No otra que la anhelada por miles de millones de seres humanos en el
mundo entero, que comienzan a perder la esperanza de encontrarla.
América Latina es la región con la más grande desigualdad
social del planeta, según vemos en el Informe que hoy presenta el Programa
de la ONU para el Desarrollo. Frente a ese hecho, se han propuesto, grosso modo,
dos grandes líneas políticas: la primera busca crear un sistema
igualitario a costa de las instituciones que garantizan las libertades individuales;
la segunda se concentra en garantizar las libertades individuales –en concreto
la propiedad privada-, a costa de la igualdad social.
En la primera de esas dos líneas se corre el peligro de no saber dónde
está la gimnasia y dónde la magnesia. Mejor dicho, de meter en el
mismo saco filosofía y economía. En la segunda, se le da una despiadada
razón de ser al principio de la libertad individual. “Homo Homini
Lupus”, sentenció Hobbes en el siglo XVII. Ya sabemos que es
así. Pero ha pasado demasiada agua bajo los puentes para que sigamos empeñados
en demostrarlo. La tarea de la política, que es nuestra tarea colectiva,
es la de poner en marcha reformas que distribuyan la riqueza con mayor equidad.
No es imposible. Lo ha hecho Brasil, donde la clase media aumenta sin comprometer
el crecimiento económico. Pero, por desgracia, no ocurre lo mismo en otros
países de la región. En algunos de ellos, los defensores de la democracia
no defienden la justicia social, que es hoy uno de los componentes básicos
de la democracia. Con niveles de pobreza y de desigualdad social como los de nuestros
países, no se dan las razones necesarias para que se quiera trabajar por
la democracia y la paz.
Las teorías más despiadadas, en boga en distintos períodos
históricos de América Latina, se han basado en un método
primitivo: deshumanizar al otro. Las violencias metódicas, prolijas y planificadas
que nos distinguen, sólo son posibles entre quienes consideran a otros
tan desiguales que ya no son humanos. La desigualdad social tiende a terminar
en violencia. ¿Cómo luchar contra ella? Es necesario que demostremos
en forma colectiva, con buena voluntad y con alguna dosis de sacrificio de todas
las partes, que los cambios sociales pueden realizarse sin violencia. El derramamiento
de sangre para defenderse o para luchar por la justicia es señal de que
algo no funciona como debiera.
Vuelvo al comienzo. La palabra libertad no tiene el mismo sentido para todos.
Ni la palabra democracia o la palabra igualdad. Lo mismo pasa con la palabra verdad.
Es difícil definir la verdad. Platón nos enseñó que
una cosa es verdad y otra la verdad. “Verdad” es el convencimiento
profundo de una persona en torno a la razón que la anima, mientras que
“la verdad” es el dogma. Todo el mundo está en contra de la
pobreza. Esa es una verdad de a puño. Pero, cuando se habla de combatirla,
sería conveniente que nadie alegara tener “la verdad”. Ahí
no puede haber dogmas. Será la dinámica histórica de los
pueblos la que indicará cuál es la manera correcta en que se deba
proceder.
La historia de la humanidad puede entenderse como la lucha por determinar el
sentido último de palabras. La esencia de los conceptos está en
que puedan ser discutidos, en que no haya nunca sobre ellos una respuesta definitiva.
Pero, frente a esa imposibilidad, es necesario llegar a acuerdos básicos.
En América Latina, uno de esos acuerdos está todavía en veremos:
que la democracia, para ser democracia, necesita de la igualdad. Nuestra tarea
es avanzar hacia ese ideal. Sin afanes pero sin pausa.
|