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| María Teresa Fernández de la Vega |
| Libertad = Igualdad |
Hay quien dice que el mundo progresa despacio y normalmente es cierto, modificar
hábitos sociales, pautas culturales, tradiciones ancestrales suele ser
un trabajo que sigue el lento ritmo del paso de las generaciones.
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Sin embargo, hay momentos en la historia,
raros y escasos momentos, en los que casi podemos sentir el pulso de un mundo
que gira sin descanso. Hay también situaciones en las que inesperadamente,
un simple gesto, una sencilla palabra, un comentario, te hacen caer en la cuenta
de lo mucho que hemos cambiado.
Me encontré con unos de esos momentos
en uno de los pasillos del Instituto Cervantes de Brasilia. La dirección
del centro había tenido la afortunada idea de poner un enorme mural en
el que los alumnos podían escribir lo que quisieran y, como es lógico,
había de todo. Pero entre declaraciones de amor, rivalidades deportivas,
deseos de suerte, paz y alegría lo que más atrajo mi atención
fueron dos palabras escritas con esa cuidada caligrafía de quien aún
está aprendiendo a convertir en texto sus pensamientos. Dos sencillas palabras
y un signo: libertad = igualdad.
Poco después, hablando con las alumnas y los alumnos, les pregunté
qué querían ser de mayores. Inmediatamente, una de ellas me agarró
de la mano y me dijo, sin sombra de duda, “yo quiero ser presidenta”.
Quizás el mundo cambie despacio, siguiendo
el lento paso de las generaciones, es cierto, pero también lo es que hace
tan sólo unos pocos años esa joven estudiante ni siquiera habría
podido plantearse qué quería ser de mayor, porque la respuesta ya
se conocía de antemano.
También lo es que, afortunadamente
para millones de iberoamericanos, el futuro ya no es lo que era y en muy pocas
décadas hemos logrado lo que para generaciones y generaciones no fue más
que un hermoso sueño.
También lo es que ese avance, el avance de la igualdad, ya no tiene vuelta
atrás y corre a favor del tiempo, en Iberoamérica y en todo el planeta.
Esa es la buena noticia, una magnífica
noticia. La menos buena es que aún nos sigue quedando mucho por trabajar.
Los últimos años, y pese a la crisis, han sido posiblemente los
mejores de la historia de América Latina. La democracia y la libertad se
han extendido por toda la región y con ella ha llegado el mayor período
de crecimiento económico conocido hasta el momento.
En apenas diez años, el acceso de
la ciudadanía a los recursos económicos, sanitarios, educativos
y sociales ha aumentado más que en todo un siglo.
Sin embargo sigue siendo un continente en
el que la brecha de la desigualdad -la económica, la social, y junto a
ellas, realimentándose de ellas, la de género- es muy acentuada,
y así lo refleja el informe regional sobre desarrollo humano 2010 del PNUD
que hoy se presenta.
Un continente en el que Gobiernos y sociedades
que luchan como nunca antes por desarraigar esas desigualdades de siempre tendrán
que hacer frente a otras nuevas, las derivadas de la globalización y de
un crecimiento económico que no propicia suficientemente la cohesión
social.
Lo cierto es que el reto es formidable y nos
va a exigir un gran esfuerzo, pero el momento es especialmente propicio para ello.
América Latina ya ocupa un lugar destacado en este mundo que parece más
abierto que nunca y en el que todos nos vemos obligados a redefinir nuestras coordenadas
económicas, sociales y políticas.
Y avanzar hacia ese nuevo mundo pasa por evitar
que las desigualdades, las nuevas y las de siempre, sigan cebándose en
las mismas personas y familias. Pasa por igualar las oportunidades de acceso a
la formación y la salud en las zonas urbanas y especialmente en las rurales.
Pasa por reconocer los derechos sexuales y
reproductivos de las mujeres, por facilitar el acceso al empleo, al crédito,
a la propiedad de la tierra y de las empresas en igualdad de condiciones.
Pasa en definitiva por garantizar el acceso
a los servicios sociales, productivos, económicos y culturales haciendo
realidad esa promesa que late en el corazón de toda democracia, la igualdad
de oportunidades para todas y para todos, sin discriminaciones, omisiones ni exclusiones.
Y es que la democracia se basa en la igualdad.
No puede haber democracia si no existe igual respeto y sentido de la dignidad
para cada uno de los ciudadanos. Todas las democracias están obligadas
a combatir la exclusión social, a promover la integración, a impedir
que en su seno haya ciudadanos de segunda clase. En Iberoamérica, profundizar
la democracia supone hoy dar el paso hacia unas sociedades más inclusivas.
Una vez conseguida y asentada la ciudadanía política, el gran reto
al que debemos hacer frente es el de la consolidación de la ciudadanía
social.
Y el instrumento más eficaz para conseguirlo,
para promover la igualdad, la inclusión, la cohesión, es sin duda
el Estado. Un Estado en el que hay que creer, y para ello ha de merecer ser creído,
y un Estado que debe actuar.
Un Estado que debe ser visible, que debe
llegar a todos los ciudadanos, atender sus demandas, satisfacer sus necesidades,
generar ilusión y confianza. Son necesarias unas instituciones que concedan
la centralidad que le corresponde a la ciudadanía.
Creo que existe un acuerdo general en considerar
que la prioridad en esta actuación debe ser la de reducir la elevada desigualdad
que la región registra en la distribución de la riqueza, garantizando
un umbral mínimo de oportunidades a todas las personas. Una sociedad justa
debe atender las necesidades de los menos favorecidos, de aquellos que se ven
expropiados por la pobreza y la exclusión social de su legítimo
derecho a vivir una vida digna y plena.
Para ello son necesarias políticas
de carácter social; acciones decididas a favor del acceso universal de
los ciudadanos a unos servicios y bienes que hay que considerar esenciales: la
sanidad, la educación, la vivienda, el empleo, la protección social
o la seguridad personal. Todos estos elementos hacen de los habitantes de un país
auténticos ciudadanos, los defienden de la exclusión social y hacen
posible la realización personal de cada uno de ellos. En definitiva, hacen
posible su libertad, su capacidad de elegir el propio destino.
Pero, en paralelo, también son necesarias
políticas que eleven la eficacia de los Estados. En este sentido, y más
allá de mejorar las capacidades técnicas y políticas de las
administraciones públicas, cosa que es también muy deseable, es
preciso plantearse como objetivo fundamental acrecentar la calidad democrática,
fortalecer el concepto de ciudadanía, ampliar los espacios de participación,
elevar la transparencia y el control de los poderes públicos. Sólo
de ese modo es posible elevar la eficacia del Estado a la hora de atender las
necesidades de los ciudadanos y, con ello, su sentimiento de pertenencia a un
proyecto de convivencia común.
Fortalecer el Estado, fortalecer la ciudadanía
y unir a ambos mediante un canal permanente de comunicación y confianza
es una tarea que requiere de toda nuestra atención y de toda nuestra voluntad.
Debemos tener en cuenta que la ciudadanía en general, y en especial las
generaciones más jóvenes, que han vivido toda su vida en democracia,
no han visto mejorar sustancialmente su nivel de vida con este modelo de gobierno.
Los jóvenes, además, carecen
de la experiencia vital de la falta de libertad política que les permita
apreciar las virtudes de este modelo y considerarlo, así, como la mejor
opción. No debemos correr el riesgo de que el escepticismo, el desprecio
de la política y la desconfianza hacia las instituciones cundan precisamente
entre aquellos que han de hacerse cargo del futuro de nuestras naciones.
Y no cabe duda de que hacer realidad ese
deseo, invertir en ese futuro que representan nuestros jóvenes es sobre
todo el objetivo de la educación.
Otro informe de la ONU señalaba recientemente
que con doce años de formación o, lo que es lo mismo, con el acceso
a la educación secundaria, se reduce de un modo muy notable la probabilidad
de caer en la pobreza.
El 70% de los hijos de padres universitarios
accederán a los estudios superiores mientras que sólo un 20% de
los procedentes de familias con bajos niveles de estudios llegarán a la
universidad. Un porcentaje que ya es bajo, pero que cae drásticamente en
el caso de la población indígena y muy especialmente de las mujeres
de zonas rurales que se ven sistemáticamente excluidas del acceso a la
formación.
Es por tanto en el ámbito de la educación
donde más patente se hace la trasmisión intergeneracional de la
desigualdad, donde más espacio tenemos y donde más debemos esforzarnos
para avanzar.
Porque es también desde ese espacio,
el de la educación de calidad, el de la capacitación técnica,
sin duda, pero también y muy especialmente de la formación en valores,
desde donde más podemos hacer para combatir la transmisión intergeneracional
de la desigualdad social, familiar, económica y laboral.
Y lo cierto es que aún tenemos mucho
por hacer, pero también que podemos tener esperanza porque sabemos lo que
debemos hacer. Lo saben los Gobiernos, que están adoptando políticas
de corresponsabilidad, de universalización de la educación, de avance
hacia la igualdad de género, y lo sabe una ciudadanía cada vez mejor
formada e informada.
Creo por todo ello que el reto es importante,
pero también que podemos tener confianza en nosotros mismos y en las generaciones
que nos sucedan. En esos jóvenes de hoy que escribirán el mañana
con su puño y letra, con esa misma mano, con esos mismos valores y esa
misma confianza con la que hoy escriben dos sencillas palabras y un signo cargados
de futuro, libertad = igualdad, en el mural de un colegio. No puede haber mejor
lugar para hacerlo.
María Teresa Fernández de la Vega
Vicepresidenta Primera del Gobierno de España
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