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| Heraldo Muñoz |
| Actuar sobre el futuro: Priorizar la reducción de
la desigualdad en Latinoamérica y el Caribe |
América Latina y el Caribe no puede esperar más. Es la hora
de actuar para reducir la enorme desigualdad en que ha estado sumida nuestra región
durante siglos. La desigual impacta negativamente a las personas, a la economía,
a la política, a la sociedad en su conjunto. La alta y persistente desigualdad,
marca histórica de nuestra región, afecta seriamente a la calidad
de vida, a la libertad: al desarrollo humano.
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En el Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD) tenemos claro el efecto nocivo de esta situación de
desigualdad y por ello hemos querido ahondar en el conocimiento de sus causas,
de los factores que provocan que perviva para, de esta forma, poder proponer soluciones
concretas, realistas y eficaces a este problema endémico que afecta a la
región en su conjunto.
El primer Informe Regional sobre Desarrollo
Humano para América Latina y el Caribe elaborado por PNUD, que hoy damos
a conocer, plantea como mensaje central que la reducción de la desigualdad
debe ser la prioridad política en la región. Para lograr dicha reducción
de manera sostenible, es necesario incidir sobre los mecanismos que la hacen persistente
en el tiempo y que vinculan las estas desigualdades socioeconómicas entre
generaciones.
Como han mostrado estudios recientes publicados
por el PNUD, en varios países de la región, incluyendo Brasil, Chile,
México, Perú y Argentina, hubo una reducción en la desigualdad
durante los primeros años de este siglo. Dicha disminución se explica
básicamente por una mejor incidencia del gasto social –derivado de
un consenso político respecto a la importancia del combate a la pobreza—y
por una dinámica de ampliación de la cobertura educativa a nivel
básico y medio, que ha propiciado un cambio en la composición de
la fuerza laboral en un contexto de globalización.
Sin embargo, los países de América
Latina y el Caribe siguen siendo los campeones de la desigualdad en el mundo.
¿Por qué? La explicación se encuentra en lo que en PNUD hemos
llamado “nuevos márgenes de desigualdad”. Hoy, si bien la cobertura
de servicios públicos se ha ampliado en la mayoría de los países,
la desigualdad se refleja, por ejemplo, en brechas de calidad. El incremento de
programas públicos de transferencias monetarias condicionadas han tenido
efecto sobe la asistencia escolar y sobre algunos indicadores de nutrición
y salud, especialmente en los niños y niñas, pero no están
vinculados, según muestran evaluaciones específicas, a una mayor
calidad de inserción laboral.
El informe resalta que existen mecanismos
en los hogares que refuerzan la reproducción de la desigualdad. Hablamos
de factores objetivos, como el acceso a bienes y servicios y a mercados, y aspectos
subjetivos como la formación de aspiraciones y la autonomía, que
juegan también un papel importante en la transmisión intergeneracional
de la desigualdad. Cuando la distancia entre las aspiraciones de las personas
y los recursos necesarios para poder alcanzarlas es demasiado grande, la brecha
no puede ser cubierta. Esta situación es propia de sociedades estratificadas,
como las de América Latina y el Caribe, donde es muy grande la distancia
que existe entre las aspiraciones posibles de las personas que integran los grupos
más favorecidos y aquellas de los sectores menos favorecidos de la sociedad.
Pero las explicaciones para la persistencia
de la desigualdad en la región no se encuentran solamente a nivel del hogar.
El proceso político también responde de manera diferenciada a las
necesidades de los distintos grupos sociales. Reducir la desigualdad
de manera sostenible supone actuar sobre la baja calidad de la representación
política, la debilidad institucional, el acceso diferenciado a la influencia
sobre políticas concretas, y sobre fallas institucionales que derivan en
corrupción y captura del Estado por minorías.
La conjunción de todos estos factores
explica por qué 10 de los 15 países más desiguales del mundo
se encuentran en América Latina y el Caribe. Como muestra el informe regional
sobre desarrollo humano, el coeficiente de Gini del ingreso de la región,
el indicador más usado para medir la desigualdad, es un 65% más
elevado que el de los países de ingreso alto, un 36% más alto que
el de los países del este asiático y un 18% más alto que
el promedio del África subsahariana.
Esta situación regional esconde, no
obstante, significativas diferencias. Países como Bolivia, Haití,
y Brasil son más desiguales y reportan un índice de Gini superior
a 0.55. En el otro extremo, países como Costa Rica, Argentina o Uruguay
muestran mayor equidad con índices inferiores a 0.49.
No cabe duda que el combate a la pobreza debe continuar entre las prioridades,
pero deben fortalecerse los instrumentos que reduzcan la desigualdad y fortalezcan
a la clase media. Es necesario incidir sobre las condiciones objetivas de los
hogares y las restricciones que enfrentan, sobre aspectos subjetivos que determinan
autonomía y aspiraciones de movilidad y, finalmente, sobre la calidad y
eficacia de la representación política y la capacidad redistributiva
del Estado.
La desigualdad importa en sí misma. Importa para las personas, porque
la igualdad es la base para que tengan posibilidades de elegir libremente entre
distintas opciones de vida. Importa para la economía, porque la desigualdad
afecta la calidad del crecimiento y hace más difícil la lucha contra
la pobreza. Importa para la sociedad, porque una situación de igualdad
genera cohesión social y mayores espacios para la gobernabilidad.
Para PNUD, la igualdad es fundamental en el espacio de las libertades efectivas,
es decir, mediante la ampliación para todos de las opciones de vida realmente
disponibles para que puedan elegir con autonomía. Importan las oportunidades
y el acceso a bienes y servicios, pero también el proceso mediante el cual
los individuos son sujetos activos de su propio desarrollo, incidiendo responsablemente
sobre sus vidas y su entorno inmediato.
Este primer informe de PNUD sobre la desigualdad en América Latina
y el Caribe que hoy se presenta, supone nuestro modesto aporte a los debates nacionales
y regionales sobre la necesidad de un enfoque más integral de política
pública y de un fortalecimiento de los instrumentos redistributivos y regulatorios
del Estado. Es un llamado a romper ese círculo vicioso histórico
de alta desigualdad, con medidas concretas y efectivas. Es, en definitiva, una
convocatoria a actuar, hoy, sobre el futuro.
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