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| Enrique V. Iglesias |
| Desigualdad en América Latina y el Caribe |
América Latina y el Caribe es la región más desigual
del mundo. Incluso en los países más equitativos de la región,
como Costa Rica y Uruguay, los niveles de desigualdad están por encima
de los promedios mundiales para países con el mismo nivel de desarrollo.
Esta desigualdad “excesiva” es, a la vez, causa y resultado de un
proceso de crecimiento accidentado, volátil y discontinuo. Y es el origen
de lo que se ha llamado un exceso de pobreza por un exceso de la desigualdad.
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En el Informe de la Oficina Regional del PNUD
sobre la evolución de la desigualdad que hoy se presenta, se analizaron
en detalle los cambios observados en la desigualdad en países de la región
a partir del año 2000. El estudio muestra una reducción en la desigualdad
en 12 de los 17 países analizados, a un ritmo de 1.1% por año (medida
por el coeficiente de Gini). Esta reducción en la desigualdad a nivel regional
no ha sido suficiente, sin embargo, para que Latinoamérica abandone el
puesto como la región más desigual del mundo. Latinoamérica
sigue siendo casi 20% más desigual que el África subsahariana, 37%
más desigual que el este de Asia y 65% más desigual que el conjunto
de los países desarrollados.
Reconociendo el descenso de desigualdad en la región como tal, se observa
un patrón heterogéneo a nivel de cada país. Influyen en ello
los factores demográficos; los relacionados con el ciclo económico;
la composición sectorial de la producción y los precios internacionales
de commodities, así como elementos relacionados con una mayor o menor cobertura
de programas sociales con una mejor incidencia distributiva. La conclusión
del trabajo, muestra que los países en donde la reducción en la
desigualdad es mayor y podría ser menos vulnerable al ciclo económico
son precisamente aquellos en donde han existido intervenciones deliberadas y bien
diseñadas de la acción pública en materia de políticas
sociales, laborales y educativas, así como de acceso a los mercados. En
Brasil, Chile y México la reducción de la desigualdad está
asociada a una consistente política redistributiva del Estado.
Los promedios de ingresos en América Latina a menudo esconden más
de lo que enseñan. Con frecuencia, estas mediciones encubren la realidad
de grupos específicos que no ostentan los mismos avances que el resto de
la población, manteniendo su nivel de rezago y discriminación social,
y cuya posición no se ve reflejada en las estadísticas nacionales.
En Latinoamérica y el Caribe, desafortunadamente, los altos niveles
de desigualdad y su persistencia reflejan estos diferentes rostros, algunos de
ellos menos explorados y con más débiles respuestas de las políticas
públicas. Basta mencionar las desigualdades territoriales, intergrupales,
en el acceso a activos y mercados o en la calidad y la cobertura de servicios
públicos. También existen desigualdades en la capacidad del sistema
público para responder a las demandas diferenciadas de grupos específicos.
Todas estas dimensiones son relevantes en su ámbito y requieren respuestas
explícitas de política.
Es por eso por lo que se vienen proponiendo metodologías para ajustar
el Índice de Desarrollo Humano (IDH), otorgándole mayor peso a los
individuos y dimensiones más rezagados, y muestra que en los dieciocho
países de la región analizados el IDH disminuye considerablemente
al ser ajustado por desigualdad.
El reto sigue siendo de gran magnitud. Millones de personas viven todavía
en condiciones de pobreza extrema, y los riesgos de reversión de lo logrado
debido a la reciente crisis económica son reales. Los países de
la región mantienen un mercado laboral segmentado y heterogéneo,
que excluye social y económicamente a una proporción significativa
de los trabajadores. Se siguen observando elevadas tasas, no sólo de desempleo
sino de informalidad, una alta proporción de mano de obra con bajos niveles
de ingresos y una marcada desigualdad entre diferentes grupos, lo que afecta particularmente
a las mujeres y a la población indígena y afrodescendiente.
La crisis puede tener efectos diferenciados entre hombres y mujeres y la política
pública puede reproducir estas desigualdades. Por ejemplo, los programas
de estímulo, en general, tienen un sesgo hacia el empleo masculino, como
es el caso de los programas de gran infraestructura, más intensivos en
mano de obra masculina. Es necesario crear opciones de empleo ante la crisis que
ofrezcan una oportunidad para el empleo femenino, en servicios de cuidado y extensión
de la red social y mediante obras pequeñas de infraestructura social local.
Las dimensiones referentes al territorio, origen étnico, género
y raza deben recuperarse de manera explícita en el diseño de políticas
por la equidad. Prácticamente en todos los países el diseño
de intervenciones y su evaluación se elaboran en base a promedios territoriales,
lo que puede llevar a errores en asignación de recursos.
Como establece este primer Informe Regional que hoy nos ocupa, la desigualdad
es disuasiva para el avance en desarrollo humano, porque tiende a perpetuarse
entre generaciones a nivel de hogar y porque resulta en trampas sistémicas
que perpetúan la heterogeneidad en acceso a oportunidades y espacio de
elección efectiva. Es por esto por lo que la política social en
la región debe ser diseñada para combatir y no profundizar la segmentación
social. Es necesaria una política social con una visión más
amplia que, al diseñar y aplicar planes sociales se preocupe por alcanzar
un crecimiento con redistribución. Algo tan largamente esperado.
Enrique V. Iglesias I Secretario General Iberoamericano
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