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| Ricardo Darín |
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No. No hace falta ir al cine para verla. Cada día se pasea ante nuestros
ojos, imperturbable, invariable. La hemos visto en nuestras ciudades, en nuestros
barrios, en nuestros pueblos, desde los tiempos de nuestros antepasados. Siempre
ahí, incólume. Y sigue ahí, tan natural como los glaciares
en la Patagonia, como las quebradas del Norte, como nuestro Río de la Plata.
Nadie parece querer darse cuenta de que existe. Pero la realidad siempre supera
a la ficción.
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No sólo en mi querida Argentina la
desigualdad es una realidad tan dura que preferimos taparnos los ojos con una
venda de seda para no querer verla. Está presente en todas las ciudades
y pueblos de América Latina y el Caribe ¿Por qué entonces
seguimos conviviendo con ella con tanta naturalidad?
No hay nada peor que la naturalización de las cosas. Damos por hecho
que debe haber pobres y ricos, triunfadores y fracasados, héroes y villanos.
Dejamos que el peso de la inercia nos marque, y si la inercia es histórica,
¿para qué ir contra corriente? Para unos, las cosas ya están
bien como están; para otros no merece la pena luchar porque por mucho que
hagan, piensan, todo seguirá igual. Y unos y otros probablemente tienen
su parte de razón.
Seguramente para un muchacho o una chica de un barrio del Gran Buenos Aires,
o de cualquier otra ciudad latinoamericana, que apenas ha tenido oportunidades
para estudiar, que ha visto como su familia se hundía más y más
por una simple enfermedad que no sólo les diezmaba los pocos ahorros conseguidos
sino que los sumía en la miseria, a un joven de estos, que son muchos,
posiblemente resulte muy difícil decirle que las oportunidades están
ahí, que sólo tiene que agarrarlas.
La suerte es para unos pocos. No todo el mundo tiene la fortuna de que le toque
la lotería. Y la educación, la salud o el trabajo digno y bien pagado,
no deberían ser una lotería. Es un tema de justicia, de una justicia
social de la que tan necesitada está nuestra región. Para que aquel
joven, y aquella chica, puedan ir a la búsqueda de sus oportunidades.
Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. Por acción u omisión.
Por creer que los políticos nos van a arreglar todos nuestros problemas,
cuando con dificultades arreglan los suyos. Por pensar que, si nosotros lo hemos
conseguido, otros también podrán hacerlo por sí solos. Pero
si nos sentamos a pensarlo, no lo conseguimos solos, allí estuvieron nuestros
mayores, nuestras familias, nuestros entornos sociales para conducirnos hasta
donde estamos. No podemos entonces abandonar a su suerte a quienes si carecen
de los apoyos necesarios.
Sin duda, se necesita voluntad y acciones políticas decididas para lograr
una sociedad mejor y más cohesionada. Pero nosotros, la gente, también
tenemos mucho que decir y hacer si queremos que esta desigualdad histórica
deje una triste imagen de marca, una lacra para la región. Todos y todas
debemos ponernos a trabajar desde ahora para que la igualdad no sea un sueño
posible, sino una realidad. Para que cuando nuestros hijos crezcan sea un cuento,
una historia del pasado que podamos contarles. Para poder decirles con orgullo
que viven en una sociedad más justa e igualitaria.
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