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| Jorge G. Castañeda |
| La desigualdad en América Latina y el Caribe |
El Informe de Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe de
2010 reviste el enorme mérito de darle a la desigualdad el lugar y la prominencia
que merece. Esto no es nada nuevo en la literatura académica, político
y periodística sobre la región, pero sí parece serlo, con
esta amplitud, precisión y detalle, en un informe de las Naciones Unidas.
En particular destacan cuatro tesis fundamentales. La desigualdad debe ser incorporada
a la medición del desarrollo humano en América Latina, para suprimir
las distorsiones que su ausencia provoca de manera inevitable; la desigualdad
es una tara propia y grave de la región, distinta de la pobreza, pero igualmente
nociva, y que requiere de políticas públicas propias para ser combatida;
es una tara antigua (persistente, dice el Informe), es decir posee orígenes
remotos, difíciles de revertir; y se trata de un tara multi-dimensional:
entre hogares, regiones, géneros, etnias y países de la región,
que tiende a resistir el impacto de políticas públicas que no se
propongan reducirla; más bien, de no ser el caso, solo la perpetúan.
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Quisiera rápidamente referirme a cuatro
puntos relacionados con distintos aspectos de estas tesis, en principio abordados
por el Informe, pero sobre las cuales conviene insistir. En primer lugar, la desigualdad,
en detrimento de amplios sectores de la población de América Latina
y el Caribe, es el anverso de la medalla de la concentración de poder,
riqueza, oportunidades y resultados en favor de estrechos sectores de la población
de América Latina. La persistencia y el crecimiento de diversos monopolios
públicos y privados, nacionales y extranjeros, económicos, financieros,
políticas y mediáticos en la región no es un fenómeno
ajeno a la persistencia, o incluso, en algunos casos, al agravamiento de la desigualdad.
El segundo punto, subrayado por Sebastián Edwards en su último
y notable libro, Left Behind: The False Promise of Populism in Latin America,
es bien sabido por lo menos desde los viajes de Alejandro von Humboldt por México
y otras tierras. La desigualdad en América Latina no es producto ni
del neo-liberalismo, ni del populismo, ni del desarrollismo, aunque todos estos
ismos puedan haberla acentuado. Se remonta a muy lejanas épocas, y casi
con toda seguridad se puede afirmar que tuvo un momento fundacional: la Conquista.
Esta fue, con mayor o menor contundencia según las regiones, los conquistadores,
los momentos y las civilizaciones pre-existentes, una especie de "shock"
desigual inicial, que nunca se ha remontado del todo. La concentración
de los activos de aquella era -tierra, minas y mano de obra indígena o
de orígen africano esclavizada- fue tal que ha resultado imposible a lo
largo de los años neutralizarla. Que las políticas supuestamente
destinadas a ello hayan sido erradas no desmiente este pecado original, apenas
hoy en vías de expiación.
El tercer punto, que acompaña a los dos primeros, sugiere que solo con
medidas extraordinarias, o extraordinariamente drásticas, ha sido posible
reducir súbita y significativamente la desigualdad. Aunque no cuento con
los números que lo corroboren, los únicos dos casos que conozco
de una disminución veloz y drámatica de la desigualdad son Puerto
Rico y Cuba, ambos por razones muy parecidas. Los dos lograron expatriar a un
número elevado de su población: Cuba entre 10 y 15% a principios
de los años sesenta; Puerto Rico casi la cuarta parte entre finales de
los cuarenta y principios de los sesenta; Cuba, el segmento más afluente,
Puerto Rico el más pobre; Cuba a Florida y Nueva Jersey, Puerto Rico a
Nueva York. Ambos recibieron subsidios de fuera por montos espectaculares (algunos
calculan de más de 25% del PIB para Cuba de la Unión Soviética;
casi la tercera parte del PIB para Puerto Rico desde Estados Unidos a partir de
Operation Bootstrap. Y los dos países coincidieron en tener al
frente durante años decisivos a gobiernos empeñados en mitigar la
desigualdad -Castro en Cuba, Muñoz Marin en Puerto Rico. Por definición
estas dos experiencias son irrepetibles en el resto de América Latina hoy;
ello no implica que reducir la desigualadad sea imposible, pero si da una idea
de la complejidad de la tarea.
El cuarto punto, que puede analizarse en Declining Inequality in Latin
America: A Decade of Progress ? que se debe leer como un complemento del
Informe del PNUD, ya que el PNUD también auspicio este libro, y sus autores
Nora Lustig y Luis F. López-Calva participaron en la elaboración
del Informe, es muy sencillo. Existen buenas razones para pensar que por fin,
y a pesar de todos los obstáculos ya mencionados y otros más, a
lo largo del último decenio la desigualad ha comenzado a menguar en algunos
países de América Latina. Gracias a casi quince años de estabilidad
de precios, de crecimiento sostenido (aunque en ocasiones modesto) y de políticas
duraderas de combate a la pobreza, en países como Chile, México,
Brasil y Uruguay, la desigualdad ha empezado a declinar. El corolario de esta
conclusión, que sostiene sobre todo que quienes más se han beneficiado
de este conjunto de factores han sido los deciles más desfavorecidos de
la escala de ingresos, es que la clase media baja latinoamericana se ha ensanchado
en estos diez o quince años, para volverse ligeramente mayoritaria en varias
sociedades. Si esto es cierto y duradero, el padecimiento ancestral de la región
habrá iniciado su declive, y el Informe de Desarrollo Humano para América
Latina y el Caribe será a la vez más pertinente y premonitor que
nunca.
Jorge G. Castañeda
Ex Canciller mexicano, profesor de la Universidad de Nueva York y la Universidad
Nacional Autónoma de México.
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