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| Daniel Barenboim |
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Como aquellas melodías que ni bien las escuchamos nos remiten a sensaciones
o a experiencias vividas tiempo atrás, el término desigualdad me
evoca una serie de imágenes, emociones y conceptos. Desigualdad es inequidad
e injusticia. Es desconocimiento y enfermedades. Puede ser también incomprensión,
desolación y violencia. Y llegar a ser conflicto. La desigualdad denuncia
una carencia y la mayor de las privaciones: la falta de oportunidades. Tan opuestos
y complementarios como la música y el silencio, la desigualdad y las oportunidades
van de la mano.
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El trabajo artístico y docente me ha
llevado por los más diversos rumbos. He visto, a muy poca distancia el
uno del otro, la opulencia y las necesidades más extremas, así como
percibido los muy distintos modos que tienen las diferentes sociedades de procesar
y entender tanto el sentido de la riqueza como la dimensión de la pobreza.
Sin embargo, la disyuntiva entre desigualdad y oportunidades es universal y aplica
en los más diversos ámbitos de la vida, tanto a nivel individual
como en sociedad.
La música nos prueba que la desigualdad
puede ser uno de los principales obstáculos para que las personas se desarrollen
y manifiesten todo su potencial. Por la música hemos aprendido que cuando
individuos y sociedades caen víctimas de la desigualdad, surgen las frustraciones
personales y se potencian los conflictos. Y que tanto individuos como sociedades
se benefician de iniciativas igualitarias que brinden opciones y oportunidades.
Allí donde no hay oportunidades, ya
sea una mano amiga, un Estado presente o una institución comprometida,
las hijas e hijos suelen repetir las frustraciones de padres y madres. Grandes
músicos de la historia nacidos en la pobreza no habrían siquiera
conocido lo que es un instrumento sin una ayuda que se cruzara en sus caminos.
Miles de talentosos niños y niñas de hoy nunca serán músicos
sin un maestro que, además de enseñarles a apreciar la música,
ponga un instrumento en sus manos y le transmita conocimiento. El acceso a la
música puede ser universal, pero sin una oferta real de formación,
sin una oportunidad, muchos artistas quedarán malogrados.
Es así que, con toda la razón,
suele señalarse a la educación como la madre de todas las oportunidades.
Nuestro trabajo en la West-Eastern Divan Orchestra nos ha vuelto a demostrar el
valor de la educación, tanto a nivel individual como social. En esta orquesta
en la que interpretan juntos músicos árabes y judíos, la
educación conjunta tiende puentes, acerca a los seres humanos y puede quebrar
el círculo de la transmisión de la desigualdad así como romper
el estigma entre aquellos que se consideran desiguales entre sí. En otras
palabras, nuestra experiencia con la música vuelve a mostrar que la educación
es un canal para romper la desigualdad que traemos del pasado y la desigualdad
que tenemos hoy con nuestro prójimo.
Debemos intentar conocer mejor. Al otro y
a nosotros mismos. Cuando Edward y yo fundamos la West-Eastern Divan Orchestra
sabíamos que enfrentábamos no sólo un desafío político,
sino también de desigualdad y carencia de oportunidades.
Una orquesta es un gran ejercicio contra la desigualdad, y del que todos podemos
aprender para trasladarlos a otros ámbitos. En una orquesta todos somos
iguales ante la obra, pero también interdependientes: el violín
tiene necesidad del clarinete, que a su vez necesita al contrabajo, al chelo y
al piano. Yo me vuelco personalmente; interpreto, pero escucho lo que hacen los
demás. Me controlo en función de lo que hacen los otros. Así,
el director, el único que no tiene una relación directa con el sonido,
depende de la actitud y la aptitud de cada músico. Depende de lo que quiere
y puede hacer el otro. Por supuesto, el director guía, entrega, pero también
recibe la propuesta del músico.
En muchos de los grandes conflictos que enfrenta
hoy la humanidad lo primero que habría que mencionar y atender es la igualdad
de derechos. Los conflictos suelen tener su génesis en la falta de justicia
humana y justicia social. Debemos hallar soluciones buenas para todos. La paz
necesita de desarrollo y el desarrollo requiere de igualdad. Y así como
existen mecanismos que refuerzan la reproducción de la desigualdad, nuestros
pequeños logros en el ámbito del arte y la docencia muestran que
sí es posible reducir la desigualdad mediante acciones concretas, integrales
y eficaces.
Estas deducciones, con argumentación
científica y profundidad, son presentadas por el Informe sobre Desarrollo
Humano para América Latina y el Caribe que hoy se lanza, que trata la transmisión
intergeneracional de la desigualdad. Se trata de una región que ha sabido
de oportunidades para sus hijos e hijas, que ha recibido inmigrantes de todos
los puntos del planeta y, en muchos casos, construido sociedades integradas, con
respeto y consideración al prójimo. Sin embargo, la desigualdad
se presenta hoy como uno de los principales obstáculos para el desarrollo
humano en la región.
Puedo dar mi evaluación en lo que
se refiere a lo musical y desprender de allí un anhelo a otros ámbitos.
La música tiene que ver con la condición humana. Y haciendo música
con inteligencia, con entusiasmo, con amor y con devoción, se pueden combatir
no sólo la droga y el crimen, sino muchos otros males de la sociedad. Ante
la música somos todos iguales. Y eso es lo que habría que entender
y tendría que pasar también fuera de la música. La música
es un idioma de igualdad e integración. El que no entiende de integración
no puede hacer música. El músico para crear tiene que integrar el
ritmo, la armonía, la melodía, el volumen, la velocidad. Por eso
es importante que la forma de hacer música podamos revivirla en la vida
cotidiana de nuestras sociedades.
Daniel Barenboim
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